"Salud, Medicina y obsolescencia social"

Por el Dr. Rubén Torres, Superintendente de Servicios de Salud 

Algunos días atrás, un matutino haciendo referencia a la crisis económica del país y su incidencia  en el deterioro de los servicios del sistema de salud  mencionaba la posibilidad de una medicina “más artesanal”. Ante esta afirmación cabe reflexionar de qué cosa estamos hablando al relacionar salud e inversión económica. Sin dejar de observar las dificultades que el proceso devaluatorio coloca a la compra de insumos cuya valoración es en dólares, debido al cambio de paridad debiéramos tal vez evitar que esta situación nos aleje de la discusión Central: la calidad de las prestaciones y la eficiencia del sistema dependen sólo parcialmente del presupuesto. Prueba de ello es la situación de nuestro país: cuando hasta el año anterior nuestro gasto per cápita anual era algo mayor a los u$s 600, lo cual nos ubicaba como líderes de América latina y cuartos en todo el continente (tras Estados Unidos, Canadá y las Islas Cayman), seis países de América latina con un gasto promedio 33% menor que el nuestro exhibían indicadores sanitarios (expectativa de vida,  tasa de mortalidad infantil, etc.) mejores que los argentinos. Hoy, cuando la actual realidad nos coloca con u$s 184 per cápita en el grupo de los más rezagados, ha llegado el momento de adoptar la cordura y la sensatez de que no hemos hecho gala antes, y la crisis representará entonces la oportunidad de recuperar los valores de una medicina más artesanal (no de peor calidad), que  nos conduzca a un sistema más emparentado con la salud que con la enfermedad. Para ello cabrá repensar las respuestas convencionales que la medicina ha otorgado y colocar la atención en las tendencias y expectativas de la gente, y en el significado de ser médicos en un nuevo contexto que nos obliga a replantear la medicina como ciencia; la atención médica como actividad social, la salud pública como protección y promoción de la salud y la seguridad social como forma de solidaridad. Este repensar incluye dos dimensiones: 1. El “derrumbe” ideológico y la pedantería intelectual, y 2. La obsolescencia social.

1. El “derrumbe” ideológico y la pedantería intelectual: esta dimensión se refiere a la intención de recuperar la visión personalista del paciente que pregonara Hipócrates y la actitud de cuidar por sobre la de curar. Esta no constituye una visión menor o teórica pues la función sustantiva del médico responde etimológicamente a esta idea: médico, del latín medicus-mederi: cuidar; y la herramienta que habitualmente utilizamos, la terapéutica proviene del griego: que cuida. Y esta idea del cuidar esta relacionada con el pensar, el prestar atención, atender (ad tendere: extenderse), que es el eje de nuestra relación con el paciente. El atender, el cuidar, exige el conocer a la persona, a quien se atiende, y en este “derrumbe” ideológico los médicos hemos priorizado el curar, que sólo exige conocer la enfermedad que la persona porta. Esta actitud que nosotros mismos hemos contribuido a difundir y consolidar ha instalado en la sociedad la idea de que las intervenciones médicas sólo se acepten como sinónimos de curación o intento de curación, y que esa misma sociedad, estimulada por un irracional deseo de inmortalidad considere un riesgo aceptable o aun un progreso el daño que esas intervenciones generan, en algunos casos mayor que el problema o daño original. Así la comunidad asume la seguridad de que todo o casi todo puede curarse o evitarse si se diagnostica a tiempo, y el cuidar es infravalorado como subsidiario del curar. Esta visión nos ha llevado a la “pedantería” intelectual de considerarnos capaces de curarlo todo en contraposición al viejo axioma: “Dios curando y nosotros ayudando...”

2. La obsolescencia social: esta dimensión considera la inadecuación del sistema  a las necesidades y expectativas de la gente. En términos médicos se ha producido una pérdida del sentido “clínico”, como traductor de esos síntomas (necesidades) para ser plasmados en un correcto diagnóstico y tratamiento (políticas). Frente a los portentosos avances científico-tecnológicos; las medicaciones; en algunos casos ineficientes, pero descaradamente publicitadas (basta pensar en antioxidantes, vitaminas y otros productos descriptos como casi milagrosos, pero provistos habitualmente por una dieta normal), simples cambios en los estilos de vida, seleccionando alimentos, practicando ejercicios o dejando de fumar, han derrotado más enfermedades y  ahorrado más sufrimientos que especialistas a medias que no encontrando demanda suficiente de patología específica se ven tentados a crearla.

El análisis socioeconómico ha demostrado que las fases expansivas y de consolidación política y económica de las sociedades han cambiado más el perfil de algunas variables sanitarias que muchos de los avances tecnológicos. Ante nuestra realidad de pobreza, hacinamiento, poblaciones deprimidas, bajos salarios, desocupación seguiremos respondiendo con tecnología de punta cara e inaccesible para la mayoría de los argentinos, o saldremos de esta obsolescencia social y poniendo el objetivo en el bien común realizaremos una medicina “más artesanal”, menos mediática, pero más eficaz, en el cuidado de que mucho menos de dieciséis de cada mil niños nacidos mueran antes del año; muchos menos de los más de dos millones de argentinos que hoy lo padecen contraigan la enfermedad de Chagas,  o mueran o se inhabiliten tempranamente por enfermedades cardio o cerebrovasculares.

En momentos como éstos, los dirigentes políticos y sociales no debemos (como hemos hecho en otros tiempos) llevar las promesas más allá de lo que la realidad de lo disponible permite; las universidades deberán asegurar una capacitación suficiente en salud y economía a estudiantes y graduados. La sociedad deberá reconsiderar a la salud no como un bien de consumo, sino como un instrumento solidario que requiere de un uso racional estrictamente equitativo y limitado a los recursos disponibles. Y los médicos, finalmente, inseparables laderos del paciente y de sus intereses, en los trances difíciles, deberán recurrir a la evidencia científica, que están obligados a conocer, y al sentido común (que hoy usan para sobrevivir desde las organizaciones benéficas hasta cada uno de los argentinos) en la comprensión de la situación social, económica y cultural de esta querida Patria en este tiempo en que les toca ejercer, y cuando prescriben un procedimiento diagnóstico o un tratamiento deberán preguntarse si realmente sirve para el propósito que intenta (eficacia), si efectivamente actúa en la práctica (efectividad); si con él obtiene el máximo rendimiento con el menor gasto (eficiencia), si conservan la prioridad los que más necesitan (equidad) y si se justifica el gasto en función del beneficio obtenido (economía). Este tiempo de cordura y sensatez no debe hacer más que recordarnos las palabras de quienes muchos años atrás nos alertaron y no fueron escuchados:

“...Los pacientes deben tener acceso a la medicina que requieran pero tendrán que aceptar que existen límites de razonabilidad, ni las sociedades ni los médicos, ni el personal auxiliar pueden satisfacer requerimientos no razonables. La razonabilidad se impone habitualmente por vía del costo económico, la cultura informativa, es más lenta pero merece el esfuerzo de intentarse para no crear la sensación de injusticia que depara no acceder a recursos por razones económicas. La atención médica deberá ser racional si no quiere caer en el racionamiento siempre irritante”, Dr. A. Agrest.-


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