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Algunos días atrás, un matutino haciendo
referencia a la crisis económica del país y su incidencia
en el deterioro de los servicios del sistema de salud
mencionaba la posibilidad de una medicina “más
artesanal”. Ante esta afirmación cabe reflexionar de qué cosa
estamos hablando al relacionar salud e inversión económica. Sin
dejar de observar las dificultades que el proceso devaluatorio
coloca a la compra de insumos cuya valoración es en dólares,
debido al cambio de paridad debiéramos tal vez evitar que esta
situación nos aleje de la discusión Central: la calidad de las
prestaciones y la eficiencia del sistema dependen sólo
parcialmente del presupuesto. Prueba de ello es la situación de
nuestro país: cuando hasta el año anterior nuestro gasto per cápita
anual era algo mayor a los u$s 600, lo cual nos ubicaba como líderes
de América latina y cuartos en todo el continente (tras Estados
Unidos, Canadá y las Islas Cayman), seis países de América
latina con un gasto promedio 33% menor que el nuestro exhibían
indicadores sanitarios (expectativa de vida,
tasa de mortalidad infantil, etc.) mejores que los
argentinos. Hoy, cuando la actual realidad nos coloca con u$s 184
per cápita en el grupo de los más rezagados, ha llegado el
momento de adoptar la cordura y la sensatez de que no hemos hecho
gala antes, y la crisis representará entonces la oportunidad de
recuperar los valores de una medicina más artesanal (no de peor
calidad), que nos
conduzca a un sistema más emparentado con la salud que con la
enfermedad. Para ello cabrá repensar las respuestas
convencionales que la medicina ha otorgado y colocar la atención
en las tendencias y expectativas de la gente, y en el significado
de ser médicos en un nuevo contexto que nos obliga a replantear
la medicina como ciencia; la atención médica como actividad
social, la salud pública como protección y promoción de la
salud y la seguridad social como forma de solidaridad. Este
repensar incluye dos dimensiones: 1. El “derrumbe” ideológico
y la pedantería intelectual, y 2. La obsolescencia social.
1.
El “derrumbe” ideológico y la pedantería intelectual: esta
dimensión se refiere a la intención de recuperar la visión
personalista del paciente que pregonara Hipócrates y la actitud
de cuidar por sobre la de curar. Esta no constituye una visión
menor o teórica pues la función sustantiva del médico responde
etimológicamente a esta idea: médico, del latín medicus-mederi:
cuidar; y la herramienta que habitualmente utilizamos, la terapéutica
proviene del griego: que cuida. Y esta idea del cuidar esta
relacionada con el pensar, el prestar atención, atender (ad
tendere: extenderse), que es el eje de nuestra relación con
el paciente. El atender, el cuidar, exige el conocer a la persona,
a quien se atiende, y en este “derrumbe” ideológico los médicos
hemos priorizado el curar, que sólo exige conocer la enfermedad
que la persona porta. Esta actitud que nosotros mismos hemos
contribuido a difundir y consolidar ha instalado en la sociedad la
idea de que las intervenciones médicas sólo se acepten como sinónimos
de curación o intento de curación, y que esa misma sociedad,
estimulada por un irracional deseo de inmortalidad considere un
riesgo aceptable o aun un progreso el daño que esas
intervenciones generan, en algunos casos mayor que el problema o
daño original. Así la comunidad asume la seguridad de que todo o
casi todo puede curarse o evitarse si se diagnostica a tiempo, y
el cuidar es infravalorado como subsidiario del curar. Esta visión
nos ha llevado a la “pedantería” intelectual de considerarnos
capaces de curarlo todo en contraposición al viejo axioma:
“Dios curando y nosotros ayudando...”
2.
La obsolescencia social: esta dimensión considera la inadecuación
del sistema a las
necesidades y expectativas de la gente. En términos médicos se
ha producido una pérdida del sentido “clínico”, como
traductor de esos síntomas (necesidades) para ser plasmados en un
correcto diagnóstico y tratamiento (políticas). Frente a los
portentosos avances científico-tecnológicos; las medicaciones;
en algunos casos ineficientes, pero descaradamente publicitadas
(basta pensar en antioxidantes, vitaminas y otros productos
descriptos como casi milagrosos, pero provistos habitualmente por
una dieta normal), simples cambios en los estilos de vida,
seleccionando alimentos, practicando ejercicios o dejando de
fumar, han derrotado más enfermedades y
ahorrado más sufrimientos que especialistas a medias que
no encontrando demanda suficiente de patología específica se ven
tentados a crearla.
El análisis socioeconómico ha
demostrado que las fases expansivas y de consolidación política
y económica de las sociedades han cambiado más el perfil de
algunas variables sanitarias que muchos de los avances tecnológicos.
Ante nuestra realidad de pobreza, hacinamiento, poblaciones
deprimidas, bajos salarios, desocupación seguiremos respondiendo
con tecnología de punta cara e inaccesible para la mayoría de
los argentinos, o saldremos de esta obsolescencia social y
poniendo el objetivo en el bien común realizaremos una medicina
“más artesanal”, menos mediática, pero más eficaz, en el
cuidado de que mucho menos de dieciséis de cada mil niños
nacidos mueran antes del año; muchos menos de los más de dos
millones de argentinos que hoy lo padecen contraigan la enfermedad
de Chagas, o mueran o se inhabiliten tempranamente por enfermedades
cardio o cerebrovasculares.
En momentos como éstos, los
dirigentes políticos y sociales no debemos (como hemos hecho en
otros tiempos) llevar las promesas más allá de lo que la
realidad de lo disponible permite; las universidades deberán
asegurar una capacitación suficiente en salud y economía a
estudiantes y graduados. La sociedad deberá reconsiderar a la
salud no como un bien de consumo, sino como un instrumento
solidario que requiere de un uso racional estrictamente equitativo
y limitado a los recursos disponibles. Y los médicos, finalmente,
inseparables laderos del paciente y de sus intereses, en los
trances difíciles, deberán recurrir a la evidencia científica,
que están obligados a conocer, y al sentido común (que hoy usan
para sobrevivir desde las organizaciones benéficas hasta cada uno
de los argentinos) en la comprensión de la situación social,
económica y cultural de esta querida Patria en este tiempo en que
les toca ejercer, y cuando prescriben un procedimiento diagnóstico
o un tratamiento deberán preguntarse si realmente sirve para el
propósito que intenta (eficacia), si efectivamente actúa en la
práctica (efectividad); si con él obtiene el máximo rendimiento
con el menor gasto (eficiencia), si conservan la prioridad los que
más necesitan (equidad) y si se justifica el gasto en función
del beneficio obtenido (economía). Este tiempo de cordura y
sensatez no debe hacer más que recordarnos las palabras de
quienes muchos años atrás nos alertaron y no fueron escuchados:
“...Los
pacientes deben tener acceso a la medicina que requieran pero
tendrán que aceptar que existen límites de razonabilidad, ni las
sociedades ni los médicos, ni el personal auxiliar pueden
satisfacer requerimientos no razonables. La razonabilidad se
impone habitualmente por vía del costo económico, la cultura
informativa, es más lenta pero merece el esfuerzo de intentarse
para no crear la sensación de injusticia que depara no acceder a
recursos por razones económicas. La atención médica deberá ser
racional si no quiere caer en el racionamiento siempre
irritante”, Dr. A. Agrest.-
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