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Columna


El futuro que nos prometen

El futuro está oculto detrás de los hombres que lo hacen.
Anatole France (1844-1924)
.

Por el Dr. Javier Vilosio (*)


Imaginar el futuro siempre ha sido un reto apasionante. E inevitable. Siendo que el pasado es inmodificable y el presente es por definición efímero, avizorar el devenir ha desvelado a la humanidad por generaciones.
La medicina, actividad humana compleja que expresa tanto los anhelos más primordiales de nuestra naturaleza, como, más modernamente, parte sustancial de la expresión de un derecho humano, y por lo tanto fenómeno social y político; estrechamente vinculada -y cada vez más- al avance del conocimiento científico y las destrezas tecnológicas, y al mismo tiempo multimillonario mercado global, no es una excepción a esa necesidad de la prospectiva. Muy por el contrario: siempre son motivo de gran entusiasmo las promesas de la ciencia y la medicina.
Imaginar el futuro simplemente como el resultado de la cada vez más acelerada acumulación de conocimiento y tecnología constituye un enfoque lineal y optimista, que implica al menos algunos supuestos: confianza absoluta en los criterios de verdad científica, cierta neutralidad ideológica, y el colofón de que todo futuro basado en más tecnología implicará, necesariamente, una vida mejor.
Y en verdad la ciencia y la tecnología han aportado -y aportan- enormemente a nuestra mayor supervivencia y a nuestra calidad de vida. Sobran los ejemplos, también y especialmente, en la medicina.
Quizás por eso, aunque seguramente no sólo por eso, existe cierta tendencia a confundir los avances de la medicina con la disponibilidad de mayores recursos tecnológicos.
Pero el simplismo no aporta una respuesta útil para prever el futuro.
Y, por supuesto, no hay ninguna neutralidad en la producción y la aplicación del conocimiento.
Para los profesionales de salud es sencillo reconocer el concepto de transición epidemiológica, que refleja la ganancia global en expectativa de vida permutando unas causas de muerte por otras. Nuevas soluciones generan nuevos problemas.
Pero volviendo a la esencia del fenómeno salud enfermedad y al desarrollo de la propia medicina como resultado de una compleja interacción política y social, el panorama es todavía mucho menos claro. Mucho más complejo. Y bastante menos previsible.
Asistimos sin embargo a un nuevo embate del pensamiento “positivista” que nos promete un futuro en el que la medicina personalizada (en realidad, medicina de la manipulación genética), la nanotecnología, la inteligencia artificial, la gestión del Big Data -entre otras herramientas tecnológicas en la cresta de la ola actual- y la previsible enorme expansión de la conectividad transformarán de raíz la medicina. Y por lo tanto, nuestra salud.
Nos prometen ahora, básicamente, un futuro en el que las pantallas proveerán mejores y más efectivos diagnósticos y tratamientos, disponibles en tiempo real, sin necesidad de incómodas interacciones humanas.
De hecho, la posibilidad casi ilimitada de prever futuras enfermedades y riesgos, inscriptos en nuestro ADN, nos pondría en los umbrales de la vida eterna (algo que ya hemos comentado anteriormente).
Nuevos jugadores globales (Google, Amazon, Facebook, Apple, p.ej.) ingresaron ahora al mercado de lo que algunos llaman la medicina trashumanizada.
Una práctica, ya no primariamente en manos de lo que hoy llamamos profesionales sanitarios sino en expertos en estas tecnologías, que, más allá de la evitación o la cura de enfermedades, nos promete convertirnos en personas mejores, en términos biológicos. Más bellas, más exitosas, más longevas. Más consumidoras.
La reflexión: el arte, como siempre, tiene mucho para enseñarnos.
En 1949 Orwell publicó su famosa novela “1984”. El futuro que allí imaginaba es sombrío. Una sociedad regulada bajo un estricto orden jerárquico, autoritario y represivo.
Pero quizás lo más sorprendente del enfoque futurista de Orwell fue la tergiversación del lenguaje en ese futuro siniestro, en el que la propaganda es fundamental, hasta el punto de generar una realidad naturalizada por las personas a través de las palabras, independientemente de los hechos, que deben ser redescubiertos.
Así, en la neolengua orwelliana “la guerra es la paz, la libertad es esclavitud, la ignorancia es la fuerza”.
El futuro es, entre otras cosas, inevitable. Pero no es menos cierto que somos, laboriosamente, sus artífices.
No debiéramos dejarnos confundir por las palabras –sobre todo las de la propaganda-, ni eludir la gran cuestión pendiente del desarrollo de las herramientas tecnológicas: sus límites. Es decir, la discusión ética y moral.

(*) Médico. Máster en Economía y Ciencias Políticas.

 

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