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Columna


Vencer a la muerte

Los médicos somos empiristas, nos basta con
cambiar causas de muerte, prolongar vidas y añadir
calidad a las mismas. No “salvamos vidas”.
Juan Gérvas.

Por el Dr. Javier Vilosio (*)


Ya se puede vencer a la muerte. La ciencia ya supera las fronteras de la vida”. La frase fue tapa de una revista muy conocida, hace pocas semanas. Casualmente, algunos días después me llegó un artículo del médico español Juan Gérvas referido a las falsas promesas de eterna juventud, que se inicia relatando la historia de Gilgamesh de Uruk, el héroe sumerio empeñado en la búsqueda de la inmortalidad -casi tres mil años antes de Cristo- contada en una serie de bellos poemas, considerados la obra épica más antigua conocida.
Tanta agua que ha pasado bajo el puente desde entonces y aquí –tan lejos de la Mesopotamia asiática- la revista que ahora tengo frente a mí me informa, entre otras frivolidades, que el envejecimiento dejó de ser un destino fatal.
¿Habremos logrado finalmente lo que el Sumerio no pudo?

LA ETERNIDAD
Sin dudas el ansia, la esperanza o la fe en una vida eterna son tan antiguas como el temor del hombre ante la certeza de la finitud de la vida.
Como instrumento de la espiritualidad, la Eternidad adquiere profundos sentidos que orientan la conducta de los hombres en su tránsito terrenal, y otorga sentido al presente y al futuro. Pero también la promesa de una continuidad más allá de esta vida ha sido, y es, herramienta de sometimiento, resignación, o entrega plena e ilimitada a la piedad, o a la barbarie.
La Fe, en tanto elección personal o don recibido, merece un supremo respeto. Como herramienta para el terror, un absoluto rechazo.
La de finitud parece ser una noción que, en el mejor de los casos, vamos adquiriendo con el paso del tiempo. En filosofía, la incertidumbre que produce la certeza del final se halla en el núcleo central del pensamiento existencialista: la angustia.

EL MERCADO
Más allá de la religión o la espiritualidad la idea de una vida sin límites penetra en nuestra cultura consumista como un valor laico.
Así, la idea de vivir para siempre se nos vuelve una posibilidad familiar, asequible como un bien, y ya no como una recompensa para después de la muerte.
El mercado nos dice, en definitiva, lo que queremos escuchar: que ya no es necesario morir para vivir por siempre. Prolongarnos eternamente en la existencia está al alcance de la mano porque “la ciencia” proveerá los conocimientos necesarios para lograrlo, a través de un variopinto conjunto de herramientas de la genómica, la criogenia, la cibernética, la nutrición, la celuloterapia, la “homesis”, etc. (Claro, para quien pueda pagarlo)
Los gurúes del marketing de la eternidad repiten infatigablemente que ya nació el hombre que vivirá mil años (y, agregan: actualmente tiene 45). ¿Será alguno de nosotros?
La cultura del consumismo implica adquirir la necesidad de la satisfacción instantánea, la evitación de todo sufrimiento (por mínimo que parezca), la certeza de las respuestas sencillas, la ilusión de libertad (antes que la verdadera libertad), y la permanente renovación y exaltación del deseo (en un espiral de consumo e insatisfacción) como motor de la existencia.
Lo contrario de lo que, en un sentido clásico, constituye la esencia de lo humano. Lo que nos define como personas, en la profundidad de cada uno.

NO PENSAR
En ese marco, la salud se entrelaza con la estética y el poder.
Salud, belleza y eternidad nos son ofrecidas a cambio de rendirnos a la ilusión del poder de una ciencia utilitarista y dominante, ajena a la reflexión sobre los valores y el sentido de la propia existencia. Nada menos.
Probablemente la posibilidad de eludir la muerte, más que la expectativa del goce ilimitado de la existencia ofrezca el alivio de no tener que enfrentar la idea de la finitud. Aunque sea esa finitud la que otorgue algún sentido trascendente al existir.
En las antípodas, Iona Heath advierte: “La muerte forma parte de la vida y es parte del relato de una vida. Es la última oportunidad de hallar un significado y de dar sentido coherente a lo que pasó antes”.
En otras palabras: transitando esta modernidad que describió Zygmunt Bauman, al postular que “La vida líquida es una vida precaria y vivida en condiciones de incertidumbre constante”, el mercado nos ofrece la posibilidad de no reflexionar sobre la incertidumbre ni cuestionar nuestras creencias, y postergar para siempre el enfrentar conscientemente el final de nuestras vidas.
Claro que el mercado no entiende de espiritualidad. Ni de justicia. Ni de moral, laica o religiosa.
La idea de vencer a la muerte como promesa del marketing contraría la necesaria reflexión sobre nuestra existencia que debiera permitirnos vivir, plenamente, hasta el final.
Pero esa es una tarea de personas, no de mercados.

CONSEJOS PARA GILGAMESH
Cuenta la historia que Gilgamesh fracasó en su intento de lograr la juventud eterna (vencer a la muerte), su extenso y próspero reino fue finalmente conquistado por los Acadios, pero según uno de los poemas que relatan su épica aventura, recibió algunos consejos que treinta siglos después no han perdido vigencia:

En cuanto a ti, Gilgamesh, que tu vientre esté lleno,
Haz felices día y noche.
De cada día has una fiesta de regocijo.
¡Baila y juega día y noche!
Deja que tus vestidos sean brillantes,
Lava tu cabeza; Báñate en agua,
Presta atención a una pequeña que se aferra a tu mano,
Deja a un cónyuge deleitarse en tu pecho.

(*) Médico. Máster en Economía y Ciencias Políticas.

 

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